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QUINTAESENCIA

Por: Rafael Ciprián
rafaelciprian@hotmail.com

 

 

De Duarte a Danilo

 

 

La historia dominicana es la síntesis de todas las luchas que ha librado nuestra nación para conquistar y mantener su independencia, soberanía, autodeterminación y felicidad. Esos combates se han librado, a pesar de los traidores y vacilantes de turno, con la valentía y el arrojo que un pueblo dispuesto a ser libre es capaz. No hemos escatimado esfuerzos ni sacrificios. Hemos peleado a tiro limpio, con cañones, machetes, palos, piedras, trompadas. También con gestiones diplomáticas, prudentes y negociadas.

Somos una nación pacífica y de vocación democrática. Pero si tenemos que ir a la guerra, por la dignidad y el decoro, entonces somos más guerreros que los guerreros. Prueba de ello es que guerreamos contra España, Haití, Francia, Inglaterra y Estados Unidos de Norteamérica, y vencimos. Por eso somos un Estado, organizado como República Dominicana. Y ejercemos la soberanía, como es posible, en el tramo histórico y en la geopolítica que estamos viviendo.

Juan Pablo Duarte, el Padre de la Patria, nos dio el ejemplo a seguir. No fue un pusilánime ni iluso, como nos lo quieren vender. Fue un amante de la paz que se preparó para la guerra. Sabía que solo viven en paz los que son capaces de hacerse respetar de sus posibles agresores. Los derechos no se mendigan, se conquistan.

Duarte creó el partido político, con vocación militar y patriótica, que denominó La Trinitaria. Preparó a sus compañeros de ideales en el arte de pensar y en el arte de pelear. Y fue el más abnegado y honesto, el primero en correr riesgos y el ejemplo en el desprendimiento de sus recursos materiales y familiares para alcanzar sus propósitos. Los pequeñoburgueses trinitarios lograron la independencia soñada; pero resultaron derrotados por los hateros, con Pedro Santana a la cabeza.

Duarte y sus seguidores fueron perseguidos, declarados traidores a la patria y asesinados por los que no creyeron nunca en los ideales patrios. Para algunos, Duarte es una avenida, una carretera (no llega a autopista), una estatua, una fecha para lucir duartiano, sin llevar a la práctica el discurso que pronuncian. Los santanistas de nuevo cuño, con el pragmatismo, el clientelismo y el patrimonialismo, son más que los duartianos. Los privilegios irritantes pueden más que los ideales. Nadie se confunda ni se autoengañe.

Ahora bien, el presidente Danilo Medina quiere marcar la diferencia. Y lo está logrando. Desde el día que se juramentó, dio muestras de que le duele la suerte del pueblo dominicano. Enfrentó a la todopoderosa transnacional Barick Gold, y la obligó a renegociar. En la reciente Cumbre de la Celac, en La Habana, se irguió como un digno estadista. Es celoso de la independencia de su país y respetuoso de los derechos humanos. Dijo: “No somos racistas.” Más: “Nadie, ni chiquito ni grande, atente contra la soberanía de la República Dominicana.”
Con su posición, el presidente Danilo Medina dio cátedra, y honró a Duarte y sus ideales.

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