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Aporte: Me monté en la guagua de Fornerín

Nunca supe si era novela o memoria, no importa

Hubo un tiempo, en que la guagua de Pedrito Ozuna era el único medio de transporte que comunicaba al villorrio de San Rafael del Yuma con la pequeña ciudad de Higüey; sin embargo, los lazos familiares, espirituales y emocionales, las unían dada por esa migración inicial de los apellidos más sonoros del Salvaléon altagraciano hacia Yuma: Castillo, Valdez, Aristy, Cedano, Cedeño y Núñez, en los cimientos fundaciones de aquella grey pueblerina a finales del siglo XVIII, por una comisión de ciudadanos higüeyanos y comunitarios procedentes de Hato Mayor y El Seibo, que también se asentaron para siempre allí, legando los apellidos Mota, Perozo, Del Rosario y Zorrilla.

En tiempos coloniales, Yuma probablemente fuera parte importante de la sede del cacicazgo de Higüey, si se toma en cuenta que en lo que hoy es el paraje El Atajadizo*, extremo nordeste de Boca del Yuma, los investigadores del Museo del Hombre Dominicano encontraron el cementerio, areíto y campo de pelota más importantes de las Antillas.

En 1502, Juan Ponce de León, natural de Santervás de Campos, un municipio de la provincia de Valladolid, España, colaboró con el gobernador de la isla, Nicolás de Ovando, y frenó la rebelión del cacicazgo de Higüey. Por dicha participación, fue recompensado con el cargo de gobernador de la recién creada provincia de Higüey. En ese cargo, alquilaba indios para buscar oro, y los que no, trabajaban en los abundantes cultivos de yuca. Ponce de León se hizo rico gracias al cultivo de la yuca. Debido a esta prosperidad, Ponce construyó una villa en Higüey (San Rafael del Yuma) que llamó Salva León y mandó a traer a su esposa y a sus hijos.

En su estancia, escuchó las historias de las riquezas existentes en Borinquén. A partir de ese momento, concentró todos sus empeños en poder acudir a ese sitio, siéndole concedido el permiso necesario. Dio órdenes de plantar yuca en el caso de que las misiones de exploración en busca de oro fueran fracasando. Desde su casa Solariega y fortaleza militar, el 12 de agosto de 1508, Ponce de León parte de Yuma a explorar Boriquen y se dirigió a la bahía de Boca del Yuma, que también contaba con otro fuerte militar levantado por él, y los indígenas bajo su mando le proveyeron los abastos alimenticios y acondicionaron el puerto para acoger los bergantines que hicieron la ruta para el descubrimiento y colonización de Borinquen. En el 1513 emprendió viaje hacia el sur de lo que hoy es Estados Unidos, a colonizar a la Florida, donde continuó su incansable andanza detrás de la fuente de la eterna juventud.

Lo primero que despertó en mí “Tú siempre crees que viene una guagua” fueron esos recuerdos históricos fundacionales, porque Higüey y Yuma han estado hermanados por los fervores altagracianos y por los desamores políticos, expresados en la distribución arbitraria de la jerarquía de los poderes, y porque los yumeros se quejan de que los recursos y las obras del Estado se quedan en el municipio cabecera, pero aún así entienden que forman parte fundamental de una de las más importantes provincias del país.

La obra entreteje un entramado que se retroalimenta en el baúl de los recuerdos del autor, que él define, en una suerte de develación de intimidad del proceso de construcción literaria, señalando de entrada que “El mundo que nos vio crecer (…) acuchilla los sueños”. Ahora bien, entre otras claves, lo que me permite inclinarme a creer que la guagua está llegando cargada de recuerdos es la confesión de que “Éramos cardúmenes, bandadas de pequeños instantes que se juntaban, crecían, forjábamos la memoria, tejíamos la historia, desde el barrio, la ciudad (…)”, página 9.

En la guagua cabe toda la vida de Carlos, el jefe de la pequeña pandilla, El Poeta, El Cojo, La Mujer, La Brugalita, la celestina Filomena, El Diputado, que con el tiempo llegaría a Senador y hasta aspirante a Presidente de la República, interactuando todos en un espacio trepidante entre incertidumbres, quehaceres y escepticismo de un único tiempo posible y polivalente, donde los personajes políticos del gobierno, militares, derecha e izquierda, de los 12 años de la dictadura autocrática de Joaquín Balaguer, postulan un accionar de enfrentamientos que hacen imposible el olvido fuera y dentro del escenario ficticio de la memoria del autor y la obra.

En los veintitrés capítulos que dan cuerpo a Tú siempre crees que viene la guagua, Fornerín narra la adolescencia de los personajes principales, la operación de la “célula” juvenil, y se desplaza en el plano geográfico provincial, con un análisis social, económico, político y cultural, donde pone de manifiesto la presencia poderosa del Diputado, amablemente mesiánico, dueño de todo, repartidor de dádivas y clientelista.

Por el otro lado, están los muchachos soñadores de los cambios y las transformaciones socio-políticas, económicas y culturales de la patria chica y del país, y planean sus acciones político-militares, con Carlos como guía, mentor y mártir de la causa. Aquella bandada de jóvenes hace las primeras incursiones y lances amorosos-sexuales en el burdel de La Monja, donde entre otros personajes estaba Juliette que habría de entrar “…con esa cara de ángel extraviado en el infierno, tal como la tenía la tarde en que Guarrón Duluc entró con ella del brazo en el burdel”, personaje con aire garciamarquezco.

guaguaaaaaaaaSi es novela o memoria no importa, lo que sí importa es un “no me olvide” dirigido a las sociedades higüeyana y nacional sobre los terribles 12 años de los gobiernos balagueristas, donde los verdugos aparecen con nombres propios y los hechos y acontecimientos se reseñan de forma vívidas y en un lenguaje que enaltece en formalidades y registros estéticos al conjunto del texto.

El capítulo quince es una declaración de principio y de sueños donde Carlos, en una carta-testamento, se despide del poeta con un manifiesto político, que hace historia sobre la historia: “El hombre es histórico, sin la razón histórica no hay vida vital verdadera”. Es un texto cargado de verdades, de una plasticidad estética, ética y moral trascendente y el poeta presta, al amigo que se marcha a la muerte, sus inspiradas palabras, anunciándole que la lluvia caerá sobre el poeta y no lo mojará; no sin antes reprenderlo diciéndole que verás la vida venir y con ella la muerte; pero censurándolo si cae, a cambio de bienes materiales, en la mano y el reconocimiento del Príncipe, que puede ser el amable Diputado.

Me marché una mañana en la guagua de Pedrito Ozuna, moreno regordete, de vientre pronunciado, dientes coronados en oro, de un vozarrón autoritario, y me instalé en una habitación, donde doña Guinga y un guardia pintor apodado Mata’ecoco, en la calle Cambronal, detrás del antiguo Obispado de la iglesia San Dionisio, y siempre estoy creyendo que aquella guagua Chevrolet viene a buscarme, con Miguel Ángel Fornerín de “pícher”, y eso me pone la carne de gallina, porque de aquellos recuerdos solo queda la guagua que tú siempre crees que viene.

(*)Boletín No.7, 1976, Museo del Hombre Dominicano

 

 

 

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